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Hay una calle que lleva tu nombre en la Ciudad del viento…”. El ajuste de cuentas de Quique González lo empapa todo, convierte el trayecto en una suerte de road movie con música de fondo en la que la retina captura cada parque eólico en movimiento y lo fija a la mente. Vacas a ambos lados de la carretera, de un carril por sentido. Sensación de apego a la tierra, de atlas por delante. El otro Atlas está ahí enfrente, recortando la azul profundidad de campo. La Tierra debe empezar y acabar aquí. O eso supongo. El viento tiene que ser antiguo, parece viejo, con sus pitidos y ráfagas entrecortadas. Es el escaparate de dos continentes, dos mundos hermanos separados de sus padres y criados aparte.

“Aquí cada vez es más complicado encontrar atún rojo en los establecimientos. Se lo llevan todo los japoneses”, comenta Juan el Melva, un hombre bruñido por el sol y de rostro trepanado por el salitre, recorrido por surcos que son retales biográficos de la mar.

Es tiempo de almadrabas. Los atunes se enredan en su laberíntico estertor. “Hay cuatro. Aquí en Conil, en Tarifa, en Barbate y en Sancti Petri”, añade este tipo colorista, de sencillez insultante, de esas que hacen de la felicidad un lugar y no un simple trayecto con el mapa en la mano. Sus palabras burbujean, exfolian mi interés eliminando algunas partículas de tedio crónico. “Al principio engañábamos a los orientales diciéndoles que nosotros le cortábamos la cabeza al atún, que ellos se llevasen sólo el cuerpo. ¿Para qué vais a sobrecargar las bodegas?”. Me dice que no hay nada como un buen morrillo de túnido. “Allí, al final de la calle, bar Los Hermanos. La mejor relación calidad / precio del lugar.

Pero no vayas en agosto, no se puede entrar”. “En todos los lugares me siento un habitante más…”. Sigue Quique González ayudándome a afinar mi dicha, mi catarsis, mi sensación de paréntesis, de agujero en el tiempo.

Me adelantan en la asimétrica calleja Nancho Novo y Silvia Abascal. Andan solos, semiausentes. No van juntos. Llevan frutas y bolsas. Nadie les mira. La ciudad es un refugio que parece haber estado ahí siempre, esperando a quienes quieren limpiar el alma, tomar aire. Es uno de esos enclaves en los que uno desearía haber nacido, a pesar de su distancia con el terruño primigenio, en el norte del norte. Hacía años que partí. Años en los que quise volver. Y quiero. Pero la arena que cuenta el tiempo en los relojes es la misma en el Cantábrico y aquí, en el pórtico de África. Arena fina, la alfombra del mar, quizá para que no se ensucie y pueda seguir unido al cielo. Ortiguitas fritas, gambas, navajas, un benditamente graso morrillo… La cerveza, tirada con frío y precisión nórdica, se sirve con eficacia marcial. El camarero es quedo, parco. Contrasta con la familiaridad de la tasquilla, empedrada y alfombrada de servilletas de papel.

Siento volar, me elevo sobre las casas de pescadores hasta llegar al mar, testigo de la historia, espectador desde su grada de las vidas y acciones de tunantes, tramposos, hampones, amores, familias enteras bañándose al morir las tardes de agosto, justo antes de preparar una cena con improvisada perfección… El sol escribe en mi espalda, percutida por la arena que impacta en mi piel, atizada por el viento. Las calas me recogen, me separan aún más de mí mismo. Me puedo ver ahí abajo, cada vez más pequeño, pero adquiriendo por momentos mejor perspectiva.

Millones de huellas genéticas

Me resitúo, mi posición en el mapa cambia, empiezo capítulo. Las calas purifican el alma, la mojan y la ponen a secar fuera del tronco. Ahora no suena el cantautor eléctrico. Es música tipo Manu Chao y refiere la cruda realidad de quienes se aventuran en la ancha acrobacia de cruzar el Estrecho. Clavelesnegros en la bahía… Los altavoces del chiringuito, en cálida madera, esparcen acordes por las dunas.

La cabañita parece ser movida por ejércitos de hombrecillos que cambian la arena de sitio cada día y otorgan a este bar de playa formas distintas. Los genios son millones de granos, millones de huellas genéticas que redistribuyen su presencia sin parar. Impagable y vivificante ducha. El salitre es arrancado con fuerza, dejando tras de sí esa mezcla embriagadora de aspereza y escozor por el sol y los iones marinos y de suavidad y dulzor por el gel multifrutas polivitamínico.

Relajado, masajeado por la tarde. Con el alma y la ropa limpias, trato de encontrarte en los cafés del puerto. En realidad, es otro pasaje de La ciudad del viento quien me lleva a aquella mesa a leer el periódico en plena noche. El mojito y las velas ensanchan mis entendederas, me abren los ojos. Vuelvo a mi cuerpo. Toco con los dedos el monstruo de lo cotidiano, de las horas perdidas entre teclados. No hay nadie conocido en los cafés del puerto, pero me siento cerca de todos esos clientes, cuyos ojos relampaguean con la calidez de las velas. He vuelto a nacer. El vínculo es casi genético, me vence el apego a este trozo inmunizado de todas las patologías del urbanismo feroz y de las prisas y los malos gestos y la ansiedad.

Los japoneses ya no se dejan engañar. Atesoran las cabezas de atún. “Mira, mucho morrillo tenéis vosotros”, bromea el pescador. Bromea a los pies de la cama, junto a la chaqueta gris que me cubrirá en el congreso de tecnología aplicada. Mañana, al enfriarse el sueño.

PD: ÉSTE ES UN RELATO AL QUE PARTICULARMENTE LE TENGO MUCHO CARIÑO, YA QUE HABLA DE UN SITIO, CONIL, QUE ME ENCANTA Y, ADEMÁS, ME SIRVIÓ PARA GANAR EL CONCURSO DE RELATOS DE EL SUPLEMENTO ‘EL VIAJERO’ DEL PAÍS, EN 2008.

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