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El abuelo se caló la boina y examinó su sobrio paraguas. Abrió la puerta con firmeza y comenzó a andar. Me apresuré tras él. El abuelo lo hacía todo con determinación. Olía a tierra mojada en el silencio de aquella tarde de fútbol. “Éstos van a venir a encerrarse, a poner el autobús”, espetó tras cinco minutos de silencio. Los silencios del abuelo eran la medida de la atinada frase venidera. Su refranero era peculiar y misterioso, sin libro de instrucciones.

El campo estaba desangelado y el partido se consumía con la lentitud del puro del abuelo. Llevaba hojas de periódico bajo la gabardina para repeler el viento del nordeste. “Está en ‘orsay”, exclamó tras un silbido carente de la mínima destreza. El abuelo nunca miraba hacia los lados viendo el fútbol. Ni cuando Gabi deshizo aquella tarde el empate a cero en el descuento.

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