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A veces la derrota habita en pretenciosas mansiones campestres. A veces los perdedores son acaudalados profesionales de prestigio. Otras, son simplemente quienes han perdido la esperanza y se hallan sumidos en una tediosa vida gris que, dibujada por el trazo de Tom Sharpe, adquiere volumen y capacidad envolvente.

Thomas Ridley Sharpe (Londres, 1928) redondea la saga del profesor Henry Wilt 35 años después de la primera entrega (Wilt, 1976). Aquel relato hilarante en el que un mediocre y anodino docente de un instituto politécnico se veía envuelto en situaciones grotescas y surrealistas, rodeado de personajes hiperbólicos, fue evolucionando suavemente con Las Tribulaciones de Wilt (1979), ¡Ánimo Wilt! (1985), Wilt no se aclara (2004) y La Herencia de Wilt (2010).

En esta última entrega, Henry Wilt es presentado de otra forma. Se ha aislado por completo; su relación matrimonial y con sus cuatrillizas ha terminado por asfixiarle; se resigna a soportar la plúmbea carga de toda una vida sin ambiciones ni sueños, y lo que se antoja más llamativo es que ha aprendido a tomar distancia y ya no es tanto él el foco de malentendidos y situaciones embarazosas. Ahora, son su mujer, Eva, sus cuatrillizas y los personajes que completan el universo sharpiano de esta novela quienes tienen abierta una vía de agua en su dignidad.

Henry Wilt, cuyo antiguo politécnico se ha reconvertido ahora en universidad (un cambio más nominal que real), es obligado por su mujer a pasar el verano en una mansión sita en un pueblo aislado de la campiña inglesa con el objetivo de conseguir que el hijo de un peculiar matrimonio aristocrático apruebe unos exámenes que le permitan ir a la universidad.

El desdichado profesor se ve forzado a aceptar este trabajo para poder seguir costeando el exquisito internado en el que viven y supuestamente estudian sus cuatro hijas, que, ya en plena adolescencia, apuntan usos y costumbres que rozan lo delictivo. El caso del chico al que debe instruir, sobre todo en Historia, se da totalmente perdido por parte de su padrastro, George, un juez de paz obeso, alcohólico, vicioso y acumulador de armas.

La mujer del juez es Lady Clarissa, promiscua mujer sin escrúpulos más adicta si cabe a la bebida que su marido. Es ella quien entabla amistad con Eva y le ofrece el trabajo a Wilt. El peso de la suma ofrecida cae sin piedad sobre el profesor, que se traslada a la mansión a la espera que acudan allí su mujer e hijas para pasar el verano.

La novela no defraudará a los ávidos lectores de la saga. El autor británico sabe que su sistema funciona y no realiza abruptos cambios estilísticos. El universo Sharpe sigue sustentándose en una fortísima crítica social y política; en ancianos minusválidos arrumbados por sus familias, que sólo esperan de ellos réditos; en prejuicios raciales; en personajes gruesos amantes de grasientos asados; en bebedores compulsivos; en indiscretos servicios domésticos… Lo hiperbólico, lo deshumanizado, la ausencia de empatía y la crudeza lo impregnan todo. Y siempre con un proverbial sentido del humor.

En cuanto al tono narrativo, Sharpe esta vez eleva su PH literario muy por encima de otras entregas. Es más ácido, corrosivo, irreverente, se regodea en la incorrección política, utiliza incluso expresiones verbales más violentas… Pero la esencia es la misma y la comicidad con que expresa situaciones tristes e incluso trágicas consolidan el magisterio este escritor cuyo apellido debería ser Sharp (Afilado).

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