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Decían en la Celestina que desde muy alto grandes caídas se dan. Y es lo que va camino de suceder con la profesión de community manager. Pocas veces se ha desvirtuado algo en tan poco tiempo. Primero fue ‘cool’, ‘guay’ y ‘trendy’, el oficio del futuro. Después, fue un elemento de distinción (“Soy CM, SEO, SEM, monitorizo, hago HTML…) Finalmente, ya hay quien empieza a trasladar la famosa frase de la película Primera Plana (“No le digas a mi madre que soy periodista, ella piensa que toco el piano en un burdel”) al campo de los ‘gestores de comunidad’.

Un CM debe ser un superhombre cuyo perfil es el resultado de sumar periodismo, publicidad, relaciones públicas y marketing y dividir entre cuatro. Sirva esta licencia matemática para realzar la alta capacitación que exige este trabajo para el que se necesitan: Dominio de la escritura; de la comunicación; de marketing; de herramientas y técnicas; tecnología; rapidez mental; análisis; empatía; humanidad y naturalidad; capacidad de escucha; capacidad de trabajo en red…

Pero la falta de formación reglada, la crisis y la idiosincrasia de gran parte del empresariado patrio han hecho todo lo posible para destruir gran parte del prestigio de una profesión que no lleva ni cinco años en los anuncios de empleo.

Hágase community manager, ¡pero ya!

El bombardeo implacable de los portales de empleo, anuncios y plataformas de formación, de que nos encontramos ante la profesión del futuro ha llevado a muchos a buscarse un hueco en el sector. La desprofesionalización y el intrusismo han sido el efecto inmediato.

Tenga un community manager, ¡pero ya!

Muchas empresas de nuestro país, acostumbradas a buscar ingenieros informáticos para formatear ordenadores y cablear suelos, ahora quieren un CM. ¿Para qué? Algunas buscan chicos para llevarles el Facebook. Otras buscan chicos que les lleven las redes sociales, les diseñen páginas web, sepan diseño gráfico, dominen sistemas de edición de imagen y vídeo, lleven el boletín… Así que ya tenemos la evolución moderna de ‘El hombre camello’ de Nietzsche.

Haga sus votos de pobreza, castidad y obediencia

Olvídese de vivir y de sus relaciones. Tuitee a mansalva a cualquier hora del día o de la noche. Duerma bien cerquita de sus dispositivos móviles. Olvídese de ser parte de un equipo. Usted es el equipo entero, así que asumirá casi todas las funciones que pueden realizarse en una empresa. Prepárese para ejecutar órdenes cambiantes, divergentes, que varían según con qué pie se ha levantado ese día el jefe, si es que tiene uno sólo.

Si quiere un community manager, páguelo

El 63% de los CM no alcanzaba los 1.300 euros al mes y, volviendo al paralelismo con el ingeniero informático, también se había extendido la costumbre de distinguir entre ‘junior’ y ‘senior’. Así que, perfecto, las empresas ya tienen la posibilidad de contratar a un ‘pringao’ que haga de todo por un sueldo ridículo. Cuando aprenda, ya metemos a otro que no sabe por el mismo precio.

Si quiere un community manager, intégrelo

El community es el delegado de la marca en la red, su embajador, el mediador entre cliente y firma, alguien que, por lo tanto, debe haberse sumergido en la cultura de su empresa y con el que, claro está, deben compartirse informaciones estratégicas y debe establecerse contacto permanente y horizontal. Pero, en un país que adora la subcontratación y la externalización es muy habitual que el CM no sea miembro de la empresa. Así que, al carajo todo lo anterior. ¿O no?

No es más community manager quien más posturas hace

Y, como colofón, nos encontramos con una amplia gama de vendedores de humo. Cuando se les conoce y se sabe que, en la era ‘offline’ no sabían hacer la ‘o’ con un canuto y ahora se les ve acumulando siglas, tuiteando nuevas ‘apps’, colgando decálogos a cual más chorra sobre cómo ser un dios del 2.0… uno acaba pensando que aún estamos a tiempo de redefinir esta profesión, establecer unas pautas, reglar una formación. Algo de regulación, en definitiva. Habría que empezar, de entrada, por convertir en obligatoria la lectura de ‘Gurú lo serás tú’, de José Carlos León, a quien también le gusta hablar de ‘postureo’

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