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Sue lo había visto todo. Sabía quién era la asesina. Vio rebotar la cabeza del viejo contra el asfalto y su última sacudida al ser rematado a bocajarro. Pero su condena a vivir atrapada en un cuerpo de maniquí la sumió de nuevo en la más terrible de las impotencias. No podía articular palabra ni emitir sonido alguno. Y, además, sus materiales eran de última generación. Tardaría décadas en descomponerse. Al menos tenía un escaparate. La amenaza de un almacén o, a lo peor, un vertedero la aterraba. El juez de guardia subió al coche tras proceder a levantar el cadáver del viejo.sue

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