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Vaya por delante que estas reflexiones no le restan ni un ápice de dramatismo a la sodomización a la que estamos siendo sometidos por nuestros gobernantes, pero varios asuntos recientes y de gestión cotidiana me han vuelto a recordar la ineficacia generalizada instalada en nuestro país. Evidentemente, hay gente muy trabajadora, muy buena y muy cualificada, pero porcentualmente deben suponer algo así como la cuota de pantalla de los canales de tarot arrinconados en el espectro de frecuencias. Y, como no soy sociólogo y las variables son complejas, no voy a dar una cifra.

Empecemos con una de esas costumbres patrias que me alteran sobremanera: La informalidad, los “es que”. Aquí las excusas van desde una otitis de la suegra, al mucho trabajo que se tiene o al genérico y vacuo “vaya día que llevo”. Lo más habitual cuando hayas quedado con alguien a alguna hora, te traigan algo tal día, te envíen no sé qué, te reparen algo o te faciliten una documentación es que eso no ocurra. Tampoco suele bastar con una llamada para resolverlo. Eso sin contar cuando has pedido unos spaghetti y te traen un pollo a la jardinera.

Otro sello del país de ‘Campofrío’ es la ineficacia. Hay muchísima gente haciendo mal su trabajo. Así de crudo, sin cocción. Bueno, cada vez hay menos gente haciendo mal su trabajo porque el empleo se destruye a marchas forzadas ante la desidia de gobiernos y administraciones a las que se les llena la boca con la palabra ‘emprendimiento’ (pobres autónomos, por cierto, se perpetran contra ellos acciones pornográficas).

El problema de la ineficacia es que no suele ser un error simple, suele confudirse con la informalidad, la desidia, la negligencia, el desinterés, la ‘mala pipa’… Trámites y cosas que se resuelven en cinco minutos (como mandar un puñetero mail), tardan una mañana entera o días; compañías con las que haces todo lo correcto para darte de baja y te siguen pasando el seguro; empresas que, a pesar de cambiar el número de cuenta y notificárselo, vuelven a mandarte recibos a la antigua; el Catastro, ese gran organismo, al que hay que notificarle cuatro años seguidos que tienes el 50% de una casa para que al quinto año por fin alguien le dé al ‘intro’ y lo grabe en el ordenador; gente que te llamará para confirmar y nunca más se supo; gente a la que le pides cuatro cosas y te envía dos y mal; gente con la que has apalabrado algo hace veinte días y, cuando se acerca la fecha final, llaman exigiendo cuando te has hartado de llamar o enviar correos para aclarar lo que sea; gente que te larga la Coca-Cola sin un puto hielo y un puñetero limón en un bar; gente que te hace salir tarde de los trabajos porque se ponen a currar a partir de la una de la tarde…

Todo esto más o menos es una tradición. Sin embargo, existe ahora un fenómeno mucho más irritante. Toda esa gente puede tener una o varias cuentas en redes sociales y haber devenido en grandes gestores del humo 2.0 (en el 2 y 3.0 hay buenos y malos profesionales, hoy sigo la línea del resto del artículo). Sí, uno sabe que en la era digital les costaba hacer la ‘o’ con un canuto, pero ahora se han adjuntado todo tipo de siglas en inglés y tienen engañadas a sus mismísimas madres. De hecho, son capaces de presumir continuamente de lo mucho que trabajan. Tanto, que no sé cómo les da tiempo a trabajar. Supongo que lo harán dejando de enviar ese mail; de estar a la hora pactada en el sitio pactado; de no responder las llamadas… Y vendrán con el ya sobado “menudo día que llevo”.

Sobre la costumbre de posponerlo todo no me extenderé mucho. Baste recordar la gran coletilla de “cuando acaben las fiestas…”

De todos modos, como proclamaba un antiguo anuncio de ‘Campofrío’: “Mejor día a día”. No estoy preocupado porque nosotros sabemos abrazarnos como nadie y nos bebemos las cañas a la velocidad del rayo. Salud.

CODA: Lógicamente, el apelativo ‘Campofrío’ sólo quiere reflejar los valores que plasma la compañía en su último anuncio. La eficacia y formalidad de esa empresa serán altísimas dada su trayectoria.

CODA 2: Ya en el plano personal, también es costumbre el “a ver si quedamos…”, cuando sabemos que nunca lo vamos a hacer. Si quisiéramos, fijaríamos fecha y hora en ese mismo momento

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