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No, no eran un homenaje a usted ni a mí. Ni a su padre ni a su hija. Eran la lista del ERE que prepara Coca-Cola en España. Juan, María, Javier, papá, el abuelo… Así hasta superar los 700 despidos en cuatro de las plantas que la multinacional tiene radicadas en España. Por fortuna, mientras redacto estas líneas, parece que la fábrica de Málaga no sólo se mantendrá, sino que será reforzada.

Pero, Coca-Cola es ante todo un estado de ánimo, es un brevaje curativo, son las burbujas de la vida. Y, sí, me voy a poner demagogo porque siento una inmensurable perplejidad (bueno, ninguna de éstas puede medirse) al leer que la multinacional no tendría problema en invertir 80 millones de euros en rebautizar el Santiago Bernabéu como ‘Coca-Cola Stadium,’  ‘Coca-Cola Arena’ o similar.

Coca-Cola desmonta gran parte de su chiringuito. Ya lo habían hecho antes grandes empresas automovilísticas o de electrodomésticos. Otras, como Pescanova o Panrico pasan verdaderos apuros. Y unas terceras provocarán algún escándalo a medio plazo porque hay muchas voces que alertan de que en Sacyr existe ya una situación de quiebra.

No es mi intención diseccionar la economía patria. De hecho, cualquier experto en la materia haría un avioncito de papel en el mejor de los casos con mis reflexiones. Yo lo que quiero es que alguien me explique la paradoja que desarrollaré a continuación al margen del típico “hay unos cuántos que se están forrando a nuestra costa”. Quiero creer otra cosa, pero está difícil.

En realidad, conocidos hoy los datos de la Encuesta de Población Activa relativa a 2013 y sumada esa tasa inadmisible del 26% de paro a los citados cierres/sudores patronales, no sé a qué responde el optimismo que empiezan a lanzar desde el Gobierno y otras instituciones europeas.

Sí, parece que lo peor ha pasado o al menos así lo cacarean a coro desde el Foro de Davos, pero uno no puede evitar pensar que el tsunami se ha ido pero que quedan las epidemias, los enfermos, los edificios destruidos, las carreteras cortadas, los sistemas eléctricos destrozados…

El desastre interno contrasta con una nueva tendencia exterior. De repente a los ‘Países de la Periferia’ entre los que nos encontramos junto con Italia, Grecia y Portugal (los anglosajones nos llaman despectivamente ‘mercados PIGS) parece que mejoramos los indicadores de nuestra entrañable prima de riesgo y que ahora los inversores extranjeros se pirran por prestarnos pasta e invertir en nuestra deuda soberana. Antes sólo metían pasta por encima de sus posibilidades los bancos españoles (para eso sí tenían liquidez, para inyectar dinero en PYMES, autónomos y familias, no).

Conclusión: De repente, la gente de ahí fuera empieza a creer tanto en España, que se pegan de leches por invertir en nuestra deuda. O sea que fuera creen en nosotros mucho más que dentro (excepción hecha, claro, de los autores del anuncio de Campofrío). Fuera están seguros de que podremos pagar, algo que cuestionamos los propios.

Una vez más se me escapa cualquier explicación para cualquier cosa al margen de lo expuesto anteriormente. Al final, va a ser cierto eso de que esta crisis la ha creado una decena de personas que se divierten metiendo y sacando variables en su simulador y viéndonos pasarlas canutas.

CODA: Disculpen los expertos económicos mi osadía para profanar sus términos y conceptos.

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